Megáfono Abierto: "Así lo viví: HidroAysén" por Juan Andrés Vallejos C.


Megáfono Abierto
Era lunes y no tenía ni un control, ni una prueba y nada que preparar próximamente para la semana. Me había despertado, como era lo habitual, una hora y cuarenta y cinco minutos antes de la hora de salida del bus de acercamiento que me llevaba a la universidad Adolfo Ibáñez de Viña del Mar. Estudiaba derecho y aún no me queda del todo claro porqué.

Mi mamá estaba de visita en la ciudad jardín y tomamos el desayuno juntos. El domingo anterior había ido a buscarla al terminal de buses con una rosa en la mano (porque era el día de la madre), ella muy contenta me abraza y me entrega El Mercurio en donde su portada mostraba “Con resguardo policial se encuentran las casas de las autoridades que mañana votan el proyecto Hidroaysén”. Ese titular bastó para sentir escalofríos en la espalda y acordarme que la ventana de dormitorio de mi hermano menor daba a la avenida Baquedano en Coyhaique.

Las señoras de la residencia universitaria estaban más maternales conmigo que de costumbre y una de ellas me dijo: “cualquier cosa mi niño, usted se viene al tiro no más para acá y le preparo algo rico”. Paralelo a esto último, los canales nacionales mostraban una y otra vez los rostros y mini biografías de quienes votarían en las próximas horas, mostraban también todo el despliegue policial (nunca antes visto) en Coyhaique y opiniones variadas de la gente común y corriente de la región en donde destacaban algunos concertacionistas furiosos ambientalistas (que no lo fueron frente a las decenas de termoeléctricas aprobadas en su periodo) y otro pro oficialismo que bastaba escucharlos unos segundos para darse cuenta que su fiel apoyo al proyecto hidroeléctrico era un desesperado (y pobre) pasaje para poder autodenominarse de una elite que nunca ha existido en Coyhaique.

Ya con mis dos tazones de café con canela en el cuerpo y un beso en la mejilla de mi mamá tomé mi mochila y me fui. Sonó mi celular.

-¿Cómo estás? Oye, te llevo a la U

Carlos, una de las amistades más importantes que hice en Viña del Mar vivía a tres cuadras. Le había contado que mi papá era parte del grupo de secretarios regionales ministeriales que votaría en relación al estudio de impacto medioambiental del proyecto y, consiente de mi caso familiar, y de lo que significaba para mi la construcción de estas represas, decidió por acompañarme gran parte del día. “No pesques los comentarios. Cuando termine la clase vamos al gimnasio y después te paso a dejar”, me dijo.

Cuando íbamos en su auto saliendo de su edificio comencé a revisar los mensajes de texto y todos los inbox recibidos hace unos minutos en mi celular. Eran mensajes de mis amigos, de las personas más importantes para mí, de mi ex, de mi tía, de algunas profesoras que tuve en el colegio; todos diciéndome que estuviese tranquilo. En conjunto no superaban los ocho o nueve mensajes. Siendo franco y a pesar que sirvieron como naproxeno sódico para aliviar mi naciente y tenso lunes, sirvió también para teatralizar más mi angustia de no saber (de verdad) si tendré o no la cara de volver una vez más a Coyhaique en la eventualidad que tu papá votara a favor de un proyecto de tal envergadura. Proyecto el cual también personalmente y junto a mis hermanos y mamá estamos en contra hasta el día de hoy.

Hubiese sido raro que la gente pensara que nunca quise preguntar: “Papá ¿Votarás a favor o en contra?”. Lo hice, pero nunca respondió algo claro, incluso recuerdo que alguna vez comentó que eso lo sabría el día de la votación.

Avanzando por uno de los lugares más típicos de Viña del Mar, el reloj de flores, un grupo de manifestantes ambientalistas se posa frente al auto y comienza a desplegar un enorme lienzo aprovechando el semáforo en rojo. Salía escrito en un chorreante rojo que simbolizaba sangre “Ellos venderán la Patagonia” y debajo de esas letras, fotos en blanco y negro de la Intendente y de los SEREMI de Aysén. Así fue, frente a mi, mi padre en blanco y negro mirándome a través del lienzo que lo hacía parecer un delincuente, un asesino, un mafioso; todo esto por una decisión que todavía no se sabía cual era. Solo reaccioné a apretar, con sutil rabia, esa pequeña esfera que transforma el cigarro común en un cigarro mentolado. Con el semáforo en verde y sin decir nada, Carlos aceleró y a los pocos minutos llegamos a la universidad.

“¿Cómo estamos, muy tenso, todo bien, todo mal, que tal?”, así me recibió Paolo quien siempre se ha caracterizado por su humor y que siempre se agradeció, incluso en ese momento. Su padre, de mismo nombre, había sido amigo y compañero escolar de mi papá, un detalle que hace quizás más interesante la historia.

La clase de derecho constitucional (o Estado) no la tomé en cuenta. Estaba concentrado en el celular siguiendo minuto a minuto que pasaba en Coyhaique por medio de las redes sociales, las mismas que me mostraban desde hace tres semanas como la gente escribía tratando de maricones, vendidos, hijos de puta, a quienes votarían. La verdad no me hubiese molestado tanto que escribieran eso solo lo hubiesen hecho, por lo menos, después que votaran. No es fácil (menos agradable) ver como algunos cercanos tuyos se unen a esos grupos para que luego te digan que es solo una humorada y más aún cuando ellos se hacían conocedores de incluso saber que iba a votar mi papá, ni yo sabía.

El día de mi cumpleaños (casi un mes antes de la votación) inicié sesión en twitter y pedí públicamente a mi padre que pensara bien su decisión el día de la votación ¿Sirve de algo pedir por twitter a tu papá, en la simple calidad de hijo, que rechace un megaproyecto? La verdad no, pero quería causar una suerte de presión. El famoso tweet llegó rápidamente a varios medios de prensa escrita.

No quise ir al gimnasio, preferí irme a mi residencia y encender el televisor. Ya instalado con un café en la mano (el primero de muchos) me dispuse a esperar. Yo sentado en la silla del escritorio y mi mamá recostada en mi cama. Tratando que mi mamá no descubriera que veía en internet, yo leía los comentarios en la red en relación a las autoridades, creo que ha sido uno de los actos más masoquistas que he decidido hacer.

-Me llamó tu papá.

-¿Qué te dijo?-le pregunté a mi mamá.

-Que estaba tranquilo y seguro.

Después de eso fue cuando hiso su entrada. De impecable terno gris y con carpetas con el logo del gobierno bajo su brazo izquierdo se bajó del auto y avanzo en dirección al lugar donde se tomaría la decisión. Mientras caminaba (y era rodeado por cámaras y micrófonos) un escolar se acercó a pocos centímetro de él, no se escuchó lo que le dijo, pero si se vio que le respondió y que lo tocó el hombro. Esa imagen sería portada en los diarios regionales al día siguiente. Ya con el círculo de seguridad quebrantado se abalanzaron sobre él carabineros, periodistas y ciudadanos. Aprovechando el enredo de gente, una escolar del liceo emblemático de la regional (lo noté por su insignia) no encontró nada mejor que lanzarle monedas de diez pesos en su cara en conjunto de pedazos de tierra, todo esto transmitido en vivo hacia todo Chile y que luego sería retransmitido una y otra vez en los noticieros centrales. Nunca antes había sentido tanto que la mierda me carcomiera por dentro, y yo en Viña del Mar, a por lo menos tres horas en avión, una en bus y otra más en transfer de poder encarar a esa joven y hacerla sentir de alguna manera la vergüenza más grande de su vida, solo por descargo. Nunca lo hice y nunca lo haré.

No se si habrá sido por la resolución, pero la mesa en donde estaban sentadas las autoridades próximas a votar, variaba del gris al azul. El contexto de frío era total. Nadie se movía, hablaban en voz baja y se miraban todos de reojo; todos salvo el SEREMI de Salud, mi papá. Movía la hoja, se tapaba la cara, se arreglaba la chaqueta, se rascaba la chaqueta. Se movía lo suficiente como para pensar que era un cuarto medio en donde él era el alumno revoltoso y con sueño. Una amiga me preguntaba por el chat que le pasaba a mi papá, “no se”, respondí.

Era el último de los secretarios regionales ministeriales que votaba. Veía en televisión la decisión tomada por sus colegas (todos a favor) y sus efectos en las redes sociales, la gente no dudaba en atacar todo lo relacionado al SEREMI que decidía su voto, incluso su familia, señora, hijos, etc. Al parecer para los descontentos extremos con la inminente aprobación de HidroAysén todo era válido para saciar su rabia. Era el turno del SEREMI de Salud.

-Me abstengo.

¿Qué es eso? Me encontraba en trance, mi mamá también. “El SEREMI de Salud, Claudio Vallejos, se abstiene de la votación, lo cual recae como rechazo ya que ese recurso en estas instancias no existe”, dijo un periodista. Mi padre había sido el único quien rechazó el proyecto hidroeléctrico más ambicioso de Chile, acusando que la empresa no poseía un plan de contingencia en relación al (según él) inminente aumento de enfermedades de transmisión sexual que traerían la gran masa de gente que vendrían con la construcción de las represas. Silencio en mi dormitorio, suena mi celular, suena Twitter, suena Facebook, suena todo, hasta la puerta de mi dormitorio suena, eran las señoras de la residencia que estaban muy felices por la decisión. Bajé a la terraza a fumar un cigarro (mínimo), se me acercaron mis compañeros de residencia preguntándome si era mi papá, yo aún sin entender mucho les respondía que si. La verdad es que hasta el último minuto yo pensaba que él daría su voto a favor. No lo podía creer.

El resultado en las redes sociales fue lógico, “ídolo”, “grande Claudio Vallejos” incluso llegué a leer un “Claudio Vallejos 2014” y un “Claudio Vallejos héroe nacional” ¿Cómo no van a ser gratas esas muestras de cariño? Obvio que lo son, pero del todo si muchos de esos halagos venían de las mismas personas que solo pocas horas antes habían destruido en palabras la integridad de él incluso (sin tener ella nada que ver) de mi madre. Perdón, pero eso no se olvida fácil y la verdad es que quizás nunca lo haga.

Ya ha pasado mucho tiempo y el tema de las hidroeléctricas en Aysén todavía es un tema delicado, podría compararlo con el Si y el No de Pinochet. Es un tema no solo político y medioambiental, para muchos patagones es un tema pasional, un tema de tierra, de amor a la tierra.

A pesar que fue miembro de un gabinete regional de un gobierno de derecha (el primero por vía democrática después de cincuenta años) podría decir (aunque suene paradójico) que es el único hombre de esos doce de aquel 9 de mayo quien puede caminar libre por la grandes avenidas quizás no de Santiago, pero si de Coyhaique. Nunca más vi a algún otro miembro de esa fría mesa caminar tranquilo por la capital regional, la verdad nunca más los vi.

Todas las razones, los archiveros y documentos de este episodio familiar se encuentran dentro de una caja de cartón bajo un escritorio. Renunció el siete de diciembre del 2011 por razones personales.

Por,
Juan Andrés Vallejos Croquevielle

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