La casa de la luz - Columna de Alonso Nuñez

Por pequeñas decisiones de la vida, por madejas que de vez en cuando parecieran desatarse, por esas cosas que te van llevando de puerto en puerto, por mi labor de fotógrafo amateur en la gira por la región de Valparaíso del estreno del concierto Patagonia, obra de Juan Mouras, llegué a la casa de Luz en Isla Negra.

Hasta ese momento, para mi Isla Negra era solo los versos del capitán Neruda, sus andanzas y encierros a la orilla del mar, la casa cerrada bajo 7 llaves en dictadura y sus rejas insurrectas que a carbón puro gritaban las consignas prohibidas para la época. No era más que una cálida foto ochentera de mi padre, mi madre llevándome en coche, con Felipe, mi hermano que tenía 3 años, y el refugio del poeta detrás.

Antes del concierto en El Quisco, mi amiga Magdalena Rosas nos invitó a tomar té con quién había sido su profesora de música en la infancia, Luz Albert. Luego de un rato de carretera, de haber mirado de lejos el espacio anclado donde Neruda se arrancaba a leer y escribir, llegamos a casa de Luz, escondida tras grandes eucaliptos. Una casa grande y muy bien vigilada por los casi 30 guardianes de raza criolla que Luz, en admirable labor, recoge de la calle y cuida con cariño.

Luz Albert es profesora de música e hija del escultor chileno Tótila Albert (1892-1967). El artista visual hoy forma parte de la historia de nuestro país; sus esculturas han homenajeado a músicos, poetas e, incluso y por encargo, a los mismísimos Albert Einstein y Claudio Arrau. Es el creador de El cerebro, ubicado a la entrada del Instituto Horwitz de la Universidad de Chile. Según Luz, luego de la creación de esta obra, su padre se dio cuenta de que, mirada desde arriba, tenía una forma igual a la del cerebro humano.

Imponente, en un costado de esta gran sala nos vigilaba un relieve de José Victorino Lastarria, reconocido poeta y revolucionario que participó en la lucha que ya en esos tiempos se peleaba: sacar al país de la ruta oligárquica que nos llevaría a ser una sociedad en la que solo algunos tendrían acceso a la educación, mientras que todos seríamos adiestrados por el amor al orden, las buenas costumbres y la libertad. Lastarria y muchos otros lucharon por dar educación a los hijos de los obreros y derrocar a la clase conservadora.

Con una emoción que sobrecoge y de manera muy delicada, Luz nos fue mostrando cada una de las obras de su padre. Con mucha sencillez nos decía, “esta está en el mausoleo de Pedro Aguirre Cerda y mide 6 metros”, “esta serie la hizo en Alemania; la terminó a tamaño real y cuando el gobierno le pidió firmar por el partido como condición para exhibirla, mi padre dejó todo tirado. No firmó y se vino”.

Las obras están ahí, esperando ser vistas en el Museo vivo de Tótila Albert. Con permiso de quienes lo habitan, pude tomar fotografías para compartir con ustedes un secreto más de los que guarda esta Isla Negra en el litoral de los poetas.

Desde hoy lo llamaré así, litoral de los poetas y escultores, gracias a ese rincón de historia que me hizo volver a la infancia, a las tardes de Punta de Tralca con muchos amigos pequeños. Desde ese día y gracias a Luz y los secretos de su casa, Isla Negra ya no es solo un referente de Neruda.

Y fíjese usted qué coincidencia, hoy 30 de noviembre, día en que termino de escribir estas líneas, es el cumpleaños número 121 del escultor.

Fotografías Isla Negra: http://www.alonsonunez.cl/lacasadeluz/

 Por,
Alonso Nuñez Lara - CantaAutor



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