Todo tiempo pasado fue mejor - Columna de Andrés Gillmore

Todo tiempo pasado fue mejor, dicen que cuando uno comienza a pensar de esa manera es que el otoño va llegando, pero no hay duda que los años no han pasado en vano y cuando recuerdo los tiempos de vida en el Valle del León suelo creer que fue en otra vida, un sueño tal ves, o lo confundo con alguna novela que leí por ahí sobre la colonización de Aysén; pero no, fueron los inicios de mi vida en la región, lo que motivo mi llegada y el desafío que llevaba hacerlo. Todo lo que he realizado desde ese entonces, ha sido simplemente una justificación para poder quedarme y nada más, para mi la esencia de Aysén esta en su mundo rural. La vida desde ese entonces ha cambiado mucho incluso en la ruralidad del territorio; las generaciones que conocí cuando llegue la gran mayoría han partido a las grandes estancias sin fronteras; lo que aprendí en esos tiempos es lo más relevante que me ha sucedido y lo atesoro como el mayor bien que tengo.

Tuve la suerte de haber llegado en los últimos años en que aun se vivía como en los tiempos de la colonización (1983); la vida giraba en torno a la crianza de animales, se vendía lana y terneros para recría, se arreaban tropas, andábamos de a caballo, bandeábamos ríos, rastreábamos leones y zorros y cuando no quedaba otra los cazábamos . En los inviernos trampeábamos liebres para darles de comer a las gallinas y guardábamos sus cueros para cambiarlos por artefactos plásticos a los marca chifles que pasaban en primavera. Desafiábamos los grandes lagos y sus tormentas en precarios botes de ciprés, improvisábamos velas con las lonas argentinas que usábamos para hacer campamentos y usábamos el viento a nuestro favor para no tener que remar; todos los días tenían su afán y eran grandes experiencias, nunca tenias certezas de nada solo que había que trabajar; la inmensidad del horizonte te hacia pleno y lo único que te regocijaba plenamente era saber que al final del día llegabas a tu casa y tu mujer te esperaba con un buen estofado. La carretera austral era un sueño y la vida se planificaba por las estaciones del año. En primavera la parición, en el verano la esquila, en el otoño desternerábamos y marcábamos, en el invierno valga la redundancia invernábamos y caminábamos.

No hay duda que era una vida sacrificada, pero a pesar de los imponderables y del trasmano éramos más felices y plenos, disfrutábamos las cosas simples de la vida sin olvidar que solo salían adelante los más capaces, el bien adiestrado. Era importante tener fuerza física para los trabajos pero si no tenias baquía trastabillabas, más importante era la fuerza mental para aguantar las largas jornadas de trabajo en el campo, haciendo leña, cuidando los animales, en un diario convivir con uno mismo que con el tiempo puede ser abrumador si no te quieres a ti mismo. Cabalgábamos días enteros por cosas tan simples como un quintal de harina, un poco de tabaco, un remedio o un regalo para la familia, en años en que los inviernos empezaban en mayo y terminaban en noviembre y podías perder toda una mañana paleando nieve para abrir camino para que las gallinas pudiesen salir del gallinero.

Era verdaderamente un mundo diferente del actual, se tenía otra manera de pensar y de relacionarse con el medio en general. Era una vida libre y se trabajada mucho, de no hacerlo ponías en riesgo a tu familia si no eras capaz. Ese aprendizaje me permitió ser fuerte en el más amplio sentido de la palabra, entendiendo que la esencia de la vida esta en saber disfrutar las cosas simples de la vida, que uno al final depende de uno mismo, pero que sin el resto no hacemos nada.

En el mundo rural desde los tiempos de la colonización, siempre existió un acuerdo tácito entre los pobladores de ayuda mutua y aceptada como algo natural como única estrategia posible para poder sobrevivir y lo digo porque yo mismo sin ese acuerdo tácito no hubiese sobrevivido los primeros años en un medio tan adverso y hoy lamentablemente esta forma de vida se ha estado diluyendo en la vorágine social actual. Fui un gran afortunado de haberlo podido experimentar en su tramo final y le dio forma y constancia al gran amor que ciento por la historia, la cultura y la forma de hacer de la gente de Aysén. En ese entonces nos ayudábamos en los diferentes ámbitos de la vida para salir adelante; cuando a alguien le faltaba algo no se tenía inconveniente en compartirlo, nunca hubo un porque al entregar media res a un vecino necesitado. En los trabajos era natural que el rodeo del vecino fuera mío y viceversa. El trueque sustituía el dinero, prevalecía la honra como bien superior, la palabra valía más que cualquier contrato.

Cuando llegaba la época del trabajo con los animales, era increíble sentir la felicidad de una señalada o de una marcación, que más que trabajo era una fiesta en donde se compartía la esperanza de tiempos mejores, todos estaban invitados y lo mejor de todo era que todos llegaban. En la época de las esquilas se organizaban comparsas que recorrían el valle. Luego con la lana en los bolsones nos ayudábamos a bajarla en los carros de bueyes a los lugares de acopio. Negociábamos en conjunto; ningún poblador tenía la idea de correr con colores propios y destruir esa unión por conseguir un precio mejor, la unión hacia la fuerza. Como olvidar cuando viajábamos a Coyhaique en la Pilchero a vender la lana de la temporada y luego de hacer la venta nos juntábamos en la Moneda de Oro. Para que decir cuando arreábamos en largas jornadas con los terneros y nos juntábamos con las tropas llegadas desde Cochrane, Mallín Grande en Los Maquis a 3 kilómetros de Puerto Guadal esperando turno de barcaza para embarcarlos. Como disfrutábamos del respeto por el trabajo del otro, que hace que un liado pase si sentirlo por la garganta, que los mates sean más amargos y las tortas más sabrosas, de un sentimiento que solo encontré en hombres de campo de mirada ruda y manos fuertes, que no dudaban en prevalecer y ponerte a prueba constantemente para demostrarte lo que eran y lo que tu podías llegar a ser si demostrabas lo mismo.

Como olvidar lo que significa entrar a un corral a marcar terneros, enlazando, apialando y no hacer el ridículo. Sentir el dominio del caballo al estirar el lazo en el palenque y que el caballo retroceda como debe. Entender la forma de domar bien un potro y saber hacerlo tranquear y cabestrear de buena manera. Que jubilo sentíamos cuando todos bajábamos con nuestras mejores prendas y recados una vez al mes a hablar de historias pasadas y como lo habían hecho los que habían llegado primero.

Lo que más hecho de menos es el sentido de libertad de no pensar en el mañana y disfrutar el presente de las cosas simples de la vida, caminando las madrugadas de invierno sintiendo el crepitar de la nieve bajo tus pies, con el único objetivo de llegar antes del amanecer al dormidero de las ovejas y sentir en ello el poder de la naturaleza y lo que verdaderamente significa.



Por, Andrés Gillmore
Corporación Costa Carrera



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