Aysén no puede transformarse en moneda de cambio - Columna de Andrés Gillmore

Mi interés por la región se inició en 1981 al leer los relatos de Augusto Grosse en la revista Trapananda que publicaba en ese entonces el Ministerio de Obras públicas, que daban cuenta como un grupo de esforzados y valerosos chilotes guiados por un intrépido alemán, recorrieron la Patagonia occidental de norte a sur, de este a oeste, de cordillera a mar, mensurando el territorio y planificando los caminos por los cuales hoy transitamos. Nunca más fui el mismo y mi objetivo era allegarse a Aysén a la primera oportunidad. 

En ese entonces Aysén era la gran aventura chilena, el desafío de ir hacia lo desconocido; para la mayoría de los chilenos de ese entonces que vivían en el continente, se podría decir que era un submundo del cual poco se sabía. Cuando finalmente llegue en 1983 a Puerto Chacabuco cruzando los canales, fue amor a primera vista; sucumbí totalmente a su dura pero maravillosa belleza, a su carácter indomable, sus intrépidas curvas, su fuerte cultura y sus valerosos e intrépidos pobladores. 

Para llegar a Puerto Ibáñez a tomar la barcaza el Pilchero para llegar al último puerto del sur del gran lago General Carrera, Puerto Guadal, tuve que hacer de a pie los 110 kilómetros entre Coyhaique y Puerto Ibáñez. En esos años no existían líneas de buses que hicieran regularmente el recorrido. Para los que hoy sufren los tacos del medio día en Coyhaique y vemos como la región está atestada de vehículos y por consiguiente lleno de accidentes viales tontos, les podrá parecer sorprendente esa realidad, pero en esos años no pasó ni un solo vehículo que me alzara, si varios de a caballo con los que compartí unos mates, un galpón para pasar la noche y algunos asados de paleta. Demore tres días en hacer el recorrido, fue duro para mi espalda, pero me dio la oportunidad de probarme a mi mismo y la belleza de la caminata me conmovió profundamente; solo la mañana del día de salida de la barcaza dio inicio a la modesta procesión de vehículos a Puerto Ibáñez. Ninguno me alzo. Llegue con lo justo y logré embarcar gracias al capitán Soto, que tuvo la amabilidad de volver a bajar la rampla y permitir que embarcara.

Navegamos doce horas por un lago rebelde, malicioso y chúcaro, pero de una belleza impactante y fuera de toda perspectiva de lo que había visto en mis recorridos, que más que un lago para mi era un mar interior de aguas celestes; sus grandes olas de hasta seis metros de alto tupidas y cortas, de crestas espumantes, arremolinadas y desafiantes, que impactaban la proa y la eslora del Pilchero con la seria intención de hacernos naufragar por casi todo el trayecto, me dio el mensaje que este era un territorio para valientes y donde no todos tenían la capacidad de salir adelante; pasamos por Chile-chico, Puerto Cristal, Bahía Murta, Puerto Río Tranquilo y finalmente llegamos a Puerto Guadal, el último puerto al final del lago General Carrera desde Ibáñez, el primero desde Cochrane, entrada y salida al Aysén del sur, como llame a este territorio en esos años y quede prendado por la belleza de la perla del lago.. 

En ese entonces la llegada de la barcaza era el acontecimiento social de la semana en todas las localidades del lago; su recalada era un verdadero acontecimiento social y muy entretenido por lo de más, se accedía a mucha información comercial de quien iba y quien venia, para surtir “radio trompa” como se le llama al copucheo en el mundo rural y tener algo que decir en el fogón. 

Puerto Guadal en ese entonces era de vital importancia en el tráfico de pasajeros y de carga en tránsito hacia Puerto Bertrand, Cochrane, Villa O’Higgins y Caleta Tortel, al no existir la carretera austral sur todavía, haciendo que siempre tanto de ida como de vuelta la Pilchero viajará muy atestada. En febrero si que se complicaba la cosa y por meses llevaba la lana de los pobladores en tránsito hacia Coyhaique y en Abril transportaba los terneros de los pobladores, en tránsito hacia Osorno, vía Puerto Ibáñez-Coyhaique-Puerto Chacabuco-Puerto Montt a los grandes frigoríficos para consumo en el norte. 

Al conocer el Aysén del sur sufrí su embrujo inmediatamente y entendí el concepto de lo que significaba hacer patria y el esfuerzo que ello presuponía, que indudablemente era mucho más que salir en comisión de servicio por algunos años pagado por el gobierno, a hacer labores administrativas en territorios distantes, con grandes sueldos con porcentajes del 110 % por derecho de zona. Hacer patria no era nada de eso, si lo que hicieron los pobladores desde los inicios del siglo pasado, que sin querer queriendo hicieron soberanía y aprecie en su justa medida la real significancia de lo que representó lo realizado por los colonos de primera y segunda generación. Hacer patria era indudablemente tener la capacidad de salir adelante en un territorio hostil contando solo con uno mismo, preservando el territorio y desarrollando el país por añaduria.

Escuche poderosas historias de hombres y mujeres que comenzaron haciendo campo con las puras ganas y la necesidad imperante de salir adelante, y de como el fuego para muchos fue la única alternativa viable para poder sobrevivir y hacer el campo que necesitaban para pastorear los animales que vendrían; historias que me conmovieron profundamente, relatadas por gente sencilla, honesta y trabajadora en un fogón tal ves precario pero muy humano, de gente que no dudó nunca en sacrificarse por el prójimo y dar todo de sí, cuando no tienes nada y lo quieres todo. 

Aysén tiene en la actualidad nuevos y grandes desafíos por delante ante la nueva realidad del país, que lamentablemente por una economía extremadamente centralizada, los laberínticos vericuetos del mercado, la corrupción política y la falta de una representación política más representativa con lo que somos históricamente y los valores que representamos cultural y medioambientalmente, no hemos tenido la capacidad de desarrollarnos adecuadamente, con estrategias que a lo largo de los años no han tenido la capacidad integradora que se merecía la región y que sin duda es mucho más que mejorar la conectividad.

Los objetivos que nos deben mover para lograr la sustentabilidad y la armonía que nos merecemos y deseamos, es tener la capacidad de construir un desarrollo consecuente y armónico, posibilitándoles a todas las comunidades de norte a sur, el respeto de las esencias propias y de las grandes diversidades que tenemos, con justicia ambiental y social, que en el tiempo presente nos hagan ver el futuro con proyección y sabiduría y que las nuevas generaciones, tengan la capacidad de cumplir con el legado ancestral heredado de las generaciones anteriores, manteniendo el territorio y preservando lo que representa.

También es luchar por impedir la llegada de las transnacionales destruyendo lo que somos y que bajo ningún punto de vista, nos utilicen como un simple objeto de lucro o moneda de cambio, al cual hay que estrujar para sacar nuestra esencia, interviniendo nuestros recursos y bellezas naturales, que son la base de nuestro patrimonio y la sustentación futura de nuestro desarrollo.

Debemos tener la capacidad de generar conductas sociales y decisiones ciudadanas, empresariales y políticas, que se sustenten con ética, moral y buenas costumbres, buscando la consecuencia, la coherencia y la solidaridad humana; defendiendo los valores y la preservación del patrimonio histórico-cultural que es de todos y no solo de algunos, defendiéndonos del arrollador centralismo que ha venido carcomiendo nuestras entrañas y desestabilizando nuestros patrones culturales y sociales.




Por, Andrés Gillmore
Estudió Sociología
Empresario Turístico
Consultor de proyectos de desarrollo en Aysén

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