El negro, el norte y el sonido del silencio - Columna de Andrés Gillmore

No había visto al “negro” desde hacía varios días, no lo hallaba por ningún lado, si no aparecía estaba más que claro que me faltaban ovejas, eso era seguro. Este capón era lo que llamamos en el campo, -un señuelo-, sirve para saber cuando estás rodeando si te faltan ovejas y no estaba. Iba con todo el piño de ovejas de arreo hacia la parte baja del campo por la ladera intermedia; según mi instinto esta noche caería un nevazón de aquellas y no podía dejarlas en lo alto, no a esta altura del año a escasos dos meses de empezar la parición. Ahora más que nunca no podía dejarme estar en estas cosas, había que hacer de las tripas corazón no más, buscarlos y estar a la segura. 

Hacía mucho frío esa mañana, el cielo estaba plomo, muy encapotado, era lo que llamamos una escarcha negra, presentía que sería una nevazón de las que empiezan de a poco, pero que luego se intensifican con plumones secos y grandes, que te envuelven plácidamente en el sonido del silencio. Si no eres un ovejero precavido el hecho puede destruir la parición en una noche, si pillaba a las ovejas en lo alto y que luego no pudieran bajar y se hambrean por más de un día, lo que daría la posibilidad cierta que pudieran mal parir en primavera.

Mandé de lejos al “Norte” mi perro, para que las rodeara a buena distancia, que fuera con calma y con la sabiduría perruna que lo caracterizaba; las ovejas pastaban dispersas debajo del dormidero del cerro blanco, al sentir al perro se agruparon casi que instantáneamente en el dormidero largo en el bajo y se arremolinaron ante ellas mismas, el movimiento hizo que saliera ese olor a veri característico de ellas, una mezcla ácida y dulzona que inunda tu nariz. Algunas ovejas con ese aire de asustadas que siempre tienen al verse sorprendidas, intentaban escapar subiendo por la ladera del costado, pero el norte astutamente cortó el camino con un pique amplio y certero y las rebeldes volvieron a juntarse. Luego por la trasera se juntaron todas en un solo gran piño y como que no quiere la cosa me senté en la piedra grande a mirarlas por un momento.

Me deleite con la vista del río leones desde lo alto de la planicie del campo y nunca dejo de sorprenderme el colmillo de la montaña de mi derecha al otro lado del río; se veía potente y deslumbrante ante lo gris del panorama, lo blanco de su figura y el delta donde se juntaban los tres ríos. El claro que venia del ventisquero del mismo nombre muy cerca del río Tranquilo; el Meliquina que venia de otro ventisquero de mi lado del río y del alto y del mismo río león del gran glaciar hacia el este y que hacia parte de campos de hielo norte. 

Lie un cigarro de tabaco argentino la Hija del Toro y me relaje preparando la estrategia ante lo que me esperaba ese día. Le di unas buenas bocanadas al cigarro y me dio frío al instante, mejor era que bajara las ovejas a mitad de faldeo y las dejara pastando y me encaminara mejor hacia mis labores, si no capaz que me escarche. 

El norte era un perro experto en ovejas, su madre había sido una leyenda en su tiempo; era cría de la perra de rifle; un afamado alambrador del sector del lago General Carrera, que tenía una perra muy buena para trabajar con ovejas, que además daba muy buenas crías que ya nacían con el instinto. Rifle siempre se vanaglorio que con la perra no se pasaba hambre y era cierto. 

Había tenido suerte armándome del cachorro que en ese entonces tenía unos 8 meses; al surgir la posibilidad de cambiarlo por un quintal de harina, no lo dude un instante al surgir la opción. Seguí el consejo que me dio un vecino para aquerenciarlo. Le escupí el hocico, le di tres vueltas a la casa y lo solté. Fue mío desde ese entonces. Tenía la cualidad de ser tranquilo-nervioso, siempre estaba con ganas de trabajar, era impetuoso y valeroso, no mordía a no ser que lo mandara, trabajaba callado si era necesario. Tenía su lado para trabajar, el derecho. Cuando le daba la orden “hablaba, ósea toreaba (ladrar) y aullaba, que me servía mucho para repuntar en invierno desde lo alto antes de los trabajos, si quería que las ovejas estuvieran cerca de la casa para el rodeo del otro día. Cuando sacaba el cuchillo y lo visteaba ante sus ojos, era la señal inequívoca para que fuera en busca del piño del negro que veíamos a lo lejos, que el tenia tan bien identificado. Era incansable al saber que carnearía, no lo molestaba en nada, sabia lo que había que hacer y no cejaba hasta no traerlos hasta mi lado del cerco para que tomara uno; sabia que algo le caería. 

Cuidaba el capón que estaba colgado para el consumo debajo del álamo como si fuera suyo y se le fuera la vida, pobre que no fuera de la familia el que se acercarse, sencillamente no lo dejaba; no por cuidarlo, si no porque sabía que si no era alguien de la familia, no le caería el pedazo de carne al cual el tenia derecho. No era para nada un perro lindo o de gran estampa; era de color barcino con blanco, más chico que grande y cola mocha; de cachorro se había envenenado con estricnina de pura mala suerte, para salvarlo no me había quedado otra que cortarle la cola para que botara el veneno y quedo mocho. 

Nunca dejaba de mirarme de soslayo cuando se sentía inseguro de algo, mi silbido lo guiaba inapelablemente y era lo que llamamos en el campo un perro celoso en la amistad. No le gustaba trabajar con otros perros y era pendenciero; le gustaba pelear y casi siempre ganaba, por eso mismo lo sacaba poco cuando íbamos de visita. En esos años era mucho más que un perro, era un compañero de labores y como tal me era imprescindible.

Dejé al piño a mitad de faldeo, no bajarían mucho más tampoco si no me quedaba con ellas, no había que ser tan riguroso, a la vuelta al fin de la tarde las pasaría a buscar y si me daba el día las llevaría hasta el mismo potrero de la casa y asegurarme que están seguras. Ahora lo mejor era ir en busca del negro y traerlo a donde mis ojos te vean. Me quite la modorra y el frío, rumbie al cerro blanco en lo más alto del campo. Había unos cuantos centímetros de nieve escarchada que demoraban el tranco. Pensaba que lo más seguro era que el negro se había apartado del piño grande en el notro grande, donde hay un mallín al costado del potrero. Es fácil apartarse por esos rincones y pasar desapercibido. Era la típica rebeldía que lo caracterizó siempre a este capón. Me hizo caminar largas horas en su búsqueda, siempre lo encontré pero costaba, pero a pesar de todo le tenía estima, era un sobreviviente. Era grande para lo normal de las ovejas que se crían en la cuenca del Baker; siempre sospeche que era cruza de corridale las comunes con cara negra. Tenía un metro veinte de alto, fuerte de cara grande y negra; en ese entonces debe haber tenido unos 8 años, de lana color negro oscuro muy apellinada y debía pesar unos 55 kilos por lo menos.

Guiaba una especie de club de tobi, solo hacían parte de su selecto grupo, borregos machos y capones que yo había elegido para el consumo de la casa. Rebeldes sin causa decía yo; no se juntaban con las ovejas madres en ninguna época del año, siempre estaban aparte. El negro era un líder innato de los borregos más osados que se apartaban de sus madres, era en su realidad una especie de gurú de cuatro patas; les enseñaba a los borregos ser independientes, a valerse por sí mismos ante los depredadores, zorro y leones (Pumas) que siempre están al acecho por esas cordilleras. Nunca me carneo un zorro o un león mientras estuvo vivo el negro un miembro de este selecto grupo. Era nacido y criado en el campo, por lo tanto era conocedor y como tal hacía de las suyas siempre que podía. Tenía sus propias circunstancias, un gran instinto de sobrevivencia y una actitud que salía de lo normal para un animal que se supone es dócil y falto de inteligencia. Se había salvado de ser empalado y comido, al esconderse en el campo y no ser encontrado por su ex dueño. 

Lo rastrearon y lo buscaron vivo o muerto por más de quince días; no tengo duda después de haberlo conocido que lo intuyo y supo esconderse en los rincones más profundo en la parte más alta del campo, hasta que finalmente se salió con la suya. El dueño al tener que abandonar el campo, no le había quedado otra que dejarlo, no sin antes maldecirlo. Al otro día lo encontré muy campante, como si nada pastando al lado del corral, burlándose de sus perseguidores y dándome un claro mensaje, no te metas conmigo. Así herede al negro. Al instante se transformó en mi señuelo y en un gran dolor de cabeza.

En los años que compartimos el campo llegó a guiar una punta de hasta treinta borregos y unos 15 capones que dejaba para el consumo todos los años. Cuando necesitaba carnear, perdía tardes enteras rastreando y costaba rodearlos para tomar un capón. Si no hubiese sido por la astucia del norte que supo trabajar y traerme el piño del negro y tomar un capón para el consumo, con mi familia hubiésemos sido vegetarianos.

El negro me enseñó el significado de la palabra constancia y perseverancia, que en el campo todos los días son lunes; reglas básicas para un ovejero que pretende vivir del oficio y no morir en el intento. Se lo agradecí como solo lo puede hacer un ovejero; lo deje vivir hasta el fin natural de sus días. Jamás pensé en carnearlo aunque muchos de mis vecinos me azuzaban para que lo hiciera. Se transformó en una leyenda y tema recurrente en los fogones del valle. Recibió honores y algarabía en el brete para las esquilas, señaladas, peladas de ojos y colas. Cuando entraba en el brete como cábala lo volteaba apenas lo tenía a mano y le daba un beso en la cabeza, para que supiera que lo quería y yo mismo le hacía los honores esquilándolo cuando era su época, pelándole ojos en agosto y sacándole la cascarria en noviembre. Años antes le había encontrado una herida en la cabeza, que me decía que también enfrentaba a los depredadores para salvar a los suyos.

Murió nueve inviernos más tarde, llegó a tener 17 años le calculo, nunca perdió su innata rebeldía, si te confiabas en el brete te daba un empeñon si no estabas atento y la hizo varias veces a algunos de mis vecinos. Lo encontré una mañana lluviosa de otoño al costado del dormidero en la tranquera del canelo, “pata laucha” como decimos. Supe al instante que lo echaría de menos. No resistí la tentación de quedarme con un recuerdo y lo cuereé cuidadosamente. Cuando bajaba por el filo del potrero con la triste noticia en mi mente, a lo lejos en el filo largo al otro costado del potrero de espaldas al río león de esa tarde lluviosa mirando hacia campos de hielo, vislumbre su punta de borregos haciéndole los honores de la despedida. Durante años me acompañó en mis viajes como cojinillo en el recado y su recuerdo esta conmigo hasta los días de hoy.




Por, Andrés Gillmore
Estudió Sociología
Empresario Turístico
Consultor de proyectos de desarrollo en Aysén

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