Si no recuperamos la decencia, invariablemente perderemos la ilusión - Columna de Andrés Gillmore

No hay duda que en el último tiempo han quedado al descubierto la incestuosa relación entre los políticos, los grandes empresarios y los mismos gobiernos; solapadamente estos grupos de elite de nuestra sociedad, se han confabulado no sólo para administrar el poder, si no también a contenerlo y usufructuar de él, en total detrimento de la población que dicen velar. La probidad de cómo deberíamos relacionamos ha sido totalmente olvidada, retirada de nuestro vocabulario y en todo orden de cosas, en lo público y en lo privado. Muchos no dan crédito de lo que nos vamos enterando semana tras semana; pero sobre todo ante la perspectiva de lo que vendrá.

Si analizamos la historia y las formas que siempre nos han caracterizado como país republicano, que fundamentaban históricamente que a pesar de todas nuestras limitaciones éramos una sociedad decente, con valores, moral, buenas costumbres y sobre todo confiables. La realidad que nos ha invadido en la actualidad nos ha superado totalmente y lo que vemos encarnado en las bases sociales de una codicia desmedida en todo sentido, nos tiene al borde del barranco y si no recuperamos la decencia, invariablemente perderemos la ilusión y eso a decir verdad es muy peligroso para una sociedad en desarrollo como la nuestra. 

Fundamentalmente hemos perdido la capacidad de asombro, nada es capaz de sorprendernos cuando descubrimos las manipulaciones y las faltas a la ética en los diversos procederes por aquellos que deben ser un ejemplo. Incongruencias que desgraciadamente nos hemos acostumbrado a aceptar desde el caso la Polar, la colusión de las farmacias, Penta, Ley de Pesca, etc, haciendo que de una manera u otra manera podamos justificar lo increíble, incluso lo inexplicable. 

La aceptación social de tantas irregularidades como parte del juego político, social y empresarial sin entrar en grandes detalles, ha trastocado considerablemente el escenario social; se podría decir que en la actualidad no confiamos en nadie, desvirtuando los valores que fundamentan desde siempre lo que somos y lo que proyectamos como sociedad. Hasta hace muy pocos años atrás, creíamos que nuestras instituciones, nuestras empresas, los gobiernos y muy especialmente nuestros políticos era honorables y confiables, que velaban por el porvenir del país, que sus decisiones se tomaban bajo esos preceptos; el respeto que teníamos por ellos era invaluable, pero hemos tenido que reconocer que no era tan así y con ello estamos perdiendo la ilusión y quien sabe en un tiempo más la esperanza. 

La ética y la probidad están vinculadas directamente con la integridad de los valores con que actuamos y con que tomamos las decisiones, por formas y fundamentos que definen un país y proyectan su verdadera sustentabilidad. Si nos comparamos con países desarrollados, nos daremos cuenta que la ética, la moral, las buenas costumbres y la decencia en la toma de decisiones, son muy valoradas en lo público y en lo privado, sin diferenciaciones sociales o por puestos de trabajo, entendiéndose que quienes no cumplan deben ser penalizados fuertemente y mostrados como ejemplo públicamente para que no vuelva a suceder. 

Si no tenemos la capacidad como sociedad de cuidar las formas, reforzar los conceptos de lo que esta bien y lo que esta mal, estaremos en serios aprietos y las nuevas generaciones creerán que esa realidad es normal, que es aceptable y que a fin de cuentas nada podemos hacer por mejorar y que irremediablemente es parte de nuestra idiosincrasia, ósea, aceptar lisa y llanamente que somos una sociedad pirata y eso es inaceptable. 

Con una mirada más profunda a los diferentes procesos que han salido a la luz pública, nos sumergen en una realidad que convive con total normalidad con falsos conceptos de lo que es el bien y el mal. Muchas de esas supuestas “faltas” perfectamente podrían tipificarse en otras sociedades como delitos. Pero en Chile a instancias de las mismas empresas que tienen intervenido el congreso, con los famosos aportes reservados con que compran a nuestros políticos y los manipulan, han logrado que delitos tan serios como la colusión, los ambientales, el cohecho, el abuso de autoridad, el tráfico de influencias, no lleven penas de cárcel efectiva y solo se remitan a multas irrisorias, ante el contexto delincuencial de lo que presupone el delito y la ganancia económica por decisiones que terminan destruyendo la vida de muchas personas y comunidades.

El lobby empresarial ha intervenido los gobiernos y el congreso, transformándose en el caldo de cultivo para solventar las malas prácticas, invadiendo casi todos los procesos de resolución y la toma de decisiones en la gran mayoría de los rubros de la sociedad y de las políticas de desarrollo. La misma ley electoral ha sustentado los beneficios de este mundo fáctico y la llamada “reforma al binominal”, ha sido una descarada burla hacia la ciudadanía, desvirtuando la realidad, atrasándonos en la búsqueda de la equidad y el desarrollo social. 

La Ley de Pesca que destruyó a nuestros pescadores artesanales, al aprobarse de manera tan fraudulenta, omitió totalmente la ética, la probidad y el sentido común y nos quitó la potestad sobre nuestro mar, destruyendo a nuestros pescadores artesanales, escondiendo el verdadero objetivo que se perseguía al instaurar la ley, que no era otro; que beneficiar a los industriales pesqueros, permitiendo fuera de todo orden que la pesca de arrastre se pudiera realizar en nuestro mar, técnica prohibida en los países miembros de la OCDE y contó con el apoyo de los senadores y diputados, incluso los de Aysén, que a su vez fueron financiados vía aportes reservados, por los mismos industriales pesqueros que se beneficiaron con la ley.

HidroAysén si no hubiese contado con gobiernos sin ética y totalmente faltos de probidad, decencia y ética, nunca habría sido tema y jamás hubiese sido posible su entrada al proceso de evaluación ambiental y su posterior aprobación, con un Estudio de Impacto Ambiental (EIA) tan deficiente y poco profesional. 

La falta de ética y de probidad a la hora de decidir las políticas de desarrollo, ha dado pie que tengamos que convivir con un cohecho y un tráfico de influencias descarado, usado estratégicamente para modificar la realidad cuando los intereses de las grandes transnacionales quieren imponer sus intereses a como dé lugar y no son capaces de entender sus propias limitaciones, aceptando que hay cosas que no se pueden hacer, porque son destructivas aunque sean muy rentables. 

Los gobiernos en teoría se fundamenta en la constitución y lo que proyecta este concepto en el orden social y jurídico, para que la ciudadanía tenga la debida protección y las garantías individuales a las que tiene derecho, para preservar el concepto del interés público ante los principios de responsabilidad del Estado; pero sí invariablemente dejamos de lado los principios éticos, de probidad y de decencia para cambiar esa realidad y definir lo que somos, sin duda alguna estamos en serios aprietos. 

El fortalecimiento de las unidades de control interno por el mal uso de las facultades discrecionales de fiscalización, hace urgente su restauración y bajo esa base de sustentación tener la capacidad de crear un mecanismo de contención sin márgenes de flexibilidad con gran intolerancia a todo aquel que incurra en delito. Si queremos una sociedad con proyección social, comercial, económica y medio ambiental, debemos tener la capacidad de saber entender que la realidad actual nos esta carcomiendo por dentro, incidiendo negativamente en la relación de las organizaciones ciudadanas con el Estado y con los gobiernos de turno, que en un futuro puede ser inmanejable socialmente. 

Debemos entender que lo fundamental de hacer una reestructuración total de los fundamentos que necesitamos como sociedad, debe sobre todo contar con una perspectiva regional, que hasta el día de hoy a pesar de las invariables promesas que nos han hecho, que se regionalizara y se descentralizara la toma de decisiones y se trabajara en la confección de un Plan de Desarrollo Regional para Aysén, han quedado como siempre en promesas y nada más. Que no eclipsara el hecho que en unos años más podamos elegir un intendente mediante el voto democrático en las urnas; que no servirá de nada si no tenemos un plan estratégico de desarrollo y una regionalización efectiva.




Por, Andrés Gillmore 
Estudió Sociología
Empresario Turístico
Consultor de proyectos de desarrollo en Aysén


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