Haciendo patria en Aysén - Columna de Andrés Gillmore

Corría el verano del año 1983, en mi condición de estudiante de Sociología en busca de material para una posible tesis de grado decidí ir a Aysén. Sabia de esta región por los diarios de trabajo de Augusto Grosse. En ese entonces Aysén era la gran aventura chilena (aún hoy lo sigue siendo para la mayoría de los chilenos aunque con matices diferentes). Pero en ese entonces era un territorio aún más desconocido y literalmente era otro mundo dentro del mismo Chile.

Llegar en esos años no era tan fácil, tuve que conseguir a base de mucha insistencia en Puerto Montt una motonave que estuvieran dispuestos a llevarnos a Puerto Chacabuco. Solo fue posible con la buena voluntad del capitán de la barcaza Río Cisnes, que nos vio tan empecinados por embarcar, que nos dio espacio con la condición que fuéramos en el puente en la parte alta de la nave y durmieramos con las estrellas. El recorrido duró tres días de navegación por canales y fiordos de una belleza que me sedujo totalmente y empezaron a cambiar mi vida para siempre. Compartimos el viaje con 200 vacunos que iban en bodega hacia Melinka y a pesar del olor a orín y heces de vacunos, no nos importo en lo más mínimo y se podría decir fue el toque de distinción de un viaje supremo.

Al llegar a Puerto Chacabuco contamos con la suerte que el mismo capitán nos consiguió un medio de transporte hacia Coyhaique, en un camión muy peculiar de marca Internacional, de esos con volante de madera de un metro de diámetro, que se encendían con una manivela por delante que iba atestado de carga. Demoramos 19 horas en llegar y fue una aventura de principio a fin, por el trayecto en sí mismo que era de una calidad escénica magnífica y la oportunidad de poder compartir con el camionero de nombre Renato, escuchar sus historias y compartir lo poco y nada que traíamos.

Para llegar a Puerto Ibáñez a orillas del Lago general Carrera a tomar la barcaza el Pilchero que nos conduciría al último puerto del sur del lago General Carrera a Puerto Guadal, tuvimos que hacer en ese entonces a pie los 110 kilómetros entre Coyhaique y Puerto Ibáñez. En ese entonces no había línea de buses que hicieran regularmente el recorrido. No pasó ni un vehículo que nos alzara y demoramos tres días en hacer el recorrido de a pie con las mochilas. Solo pocas horas antes de la salida de la barcaza empezó la procesión de vehículos particulares que iban a Puerto Ibáñez. Ninguno nos alzo. Pero tuvimos suerte y llegamos con lo justo a la salida de la barcaza y logramos embarcar.

Navegamos doce horas por el gran lago Carrera rebelde, malicioso y chúcaro como debe ser un lago de esas proporciones, en la histórica Barcaza Pilchero, que más que un lago es un verdadero mar interior con olas de hasta seis metros, que impactaban sin remilgo alguno la proa de la barcaza con la seria intención de romperla y hacernos naufragarnos. Olas muy tupidas y cortas, con grandes crestas blancas de espuma que se arremolinaban discutiendo entre si. El escenario de vivir un lago bravío, con vientos huracanados de hasta treinta nudos en aguas color turquesa que con el sol que irradiaba una fortaleza impresionante, marcaron en ese entonces mi vida para siempre y nunca fui el mismo ante la impresión de tanta belleza.

Al llegar a Puerto Guadal el último puerto del lago General Carrera y a su vez el primero de entrada al sur de Aysén, la llegada de la barcaza era el acontecimiento social de la semana. Cuando recalaba estaba todo el pueblo para recibirla. Puerto Guadal en ese entonces era de importancia vital en el tráfico de pasajeros y de carga desde y hacia el interior de ese Aysén profundo y rural de descendientes de colonos en tránsito hacia los pueblos de Puerto Bertrand a orillas del Baker, Cochrane, Villa O’Higgins y Caleta Tortel.

Algunos de esos guadalinos esperaban parientes, amigos, carga. Otros simplemente solo iban al muelle por saber quien iba y quien venía. Era una fiesta increíble bajar de la barcaza con el muelle lleno de gente, que a pesar de que no te conocían te saludaban y te daban la bienvenida amistosamente, a pesar que en ese entonces ver afuerinos era algo por decir lo menos anecdótico y muy singular; para mí un muchacho veinteañero en ese entonces, en momentos oscuros de la historia de Chile, vivir esa realidad tan diferente era un bálsamo para el alma, que hacía que se olvidaran las penas de la vida, con gente que te recibía de esa manera.

Luego recorriendo las casas de los pobladores en mi labor de encuestador para conocer su realidad, tuve la posibilidad de conocer sus historias de vida, sus realidades y lo que habían tenido que sufrir y esforzarse para salir adelante en este escenario tan maravilloso pero tan duro y despiadado a la vez, de inviernos largos y veranos cortos y además sobrevivir en el intento y tener la oportunidad de entender el esfuerzo de generaciones anteriores de colonos y de la dura lucha que realizaron en contra del medio y la falta total de conectividad.

Al conocer Aysén y su gente comencé a entender el concepto de hacer patria y lo que significaba el concepto en su real valía, apreciando en su justa medida el esfuerzo y la gran significancia que representó lo hecho por los colonos a comienzos del siglo pasado. Hacer patria en el fondo era salir adelante contando con uno mismo, pero preservando el territorio y desarrollando el país y esa realidad me embrujó los sentidos y me cambió para siempre.

Tuve la oportunidad de escuchar historias increíbles de mujeres pioneras, que fuera de todo contexto conocido por mí hasta ese entonces, habían dado una gran lucha por la sobrevivencia, teniendo sus hijos sin la ayuda de nadie. De mujeres remando en un bote de madera de ciprés de dudosa estructura por el lago más peligroso de Chile, el General Carrera, por ir a comprar víveres o buscar un remedio para su marido al pueblo más cercano. Historias de esfuerzo y sacrificio por las cosas básicas, de un empuje que sorprende por cómo fue llevado, salir adelante y no perder la forma, la alegría y las ganas de vivir y sobre todo sin ningún resentimiento y agradecidos por la oportunidad.

Hombres que habían comenzado haciendo campo con un hacha vieja y con las puras ganas de salir adelante, donde el fuego fue su única alternativa viable para poder sobrevivir y hacer campo para pastorear los animales que vendrían. Viviendo en un puesto viejo de varas de coigüe, con unas cuantas pilchas, aguantando los crudos inviernos esperanzados en el futuro que vendría.

Hombres y mujeres recorrían días y días de a caballo para conseguir un quintal de harina o un poco de tabaco, que representaba un lujo en esos años, si se tenía la suerte de encontrarlo. A veces se cabalgaba por días y se volvía sin nada. Lo único que muchos pobladores pudieron comer por años era solamente carne y nada más. Como el león (Puma) entraba en primavera y mataba 50 ovejas solo para enseñarles a los cachorros el arte de la caza y ante esa realidad no les quedaba otra que salir a cazarlos en invierno, para que no ocurriese en primavera en la época de la parición y no perder el año.

Escuché relatos de sacrificio y de mucho esfuerzo humano que de verdad me impactaron, en este territorio hostil que te conmueve por sus paisajes cambiantes, sus estaciones marcadas y su belleza escénica única, que de una manera u otra te dan la oportunidad de vivir una aventura de vida inolvidable y apasionante, en donde los primeros se sacrificaron sin nada por un todo, donde nunca tan pocos hicieron tanto por tantos, para permitirnos estar hoy en donde estamos en Aysén.

El Aysén de hacer patria me conmovió profundamente con sus relatos y sus historias de vida por gente sencilla y honesta y de un sacrificio inigualable, que con su ejemplo cambió por completo mi manera de ver la vida y los parámetros con los cuales entendía que la vida debía ser vivida. Cambiando mí fundamento y Aysén se transformó en el gran amor de mi vida. Reconocí en ellos lo que quería ser y me sentí parte del orgullo y del esfuerzo personal que les significó a estos valerosos hombres y mujeres salir adelante, para proyectar el legado y la herencia cultural del Aysén colonizador.

Hoy esos parámetros de hacer patria han cambiado totalmente, ante la nueva realidad del país y de la misma región, que lamentablemente la economía, los vericuetos del mercado y los políticos no tuvieron la capacidad integradora entre las dos formas y ese mundo rural de a caballo y lo que lo sustenta históricamente Aysén casi no existe en la actualidad.

Hacer patria en Aysén en la actualidad es luchar por un desarrollo consecuente y armónico con el medio ambiente, que posibilite a las comunidades sobre todo las rurales, el acceso a un desarrollo sustentable y armónico, con justicia ambiental y social, haciéndonos factibles como territorio y sustentables en el tiempo presente y futuro, para que las nuevas generaciones tengan la capacidad de desarrollarse y cumplir con el legado ancestral heredado de las generaciones anteriores, para mantenerse en el territorio y preservarlo con el mismo honor y sabiduría de los que llegaron primero.

Hacer patria en Aysén es tener la capacidad de generar conductas y decisiones ciudadanas, empresariales y políticas, que se basen en la ética, la moral y las buenas costumbres, buscando consecuencia, coherencia y sobre todo solidaridad humana, que es lo que tanto necesitamos para desarrollarnos y evolucionar armónicamente entre todos, defendiendo los valores y la preservación del patrimonio ambiental y natural de Aysén, para que los ayseninos puedan postular a un desarrollo sustentable y con proyección de vida.



Por, Andrés Gillmore
Estudió Sociología
Empresario turístico
Asesor de proyectos de desarrollo


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