El precio de la cultura: el alto costo de los libros en Chile - Por Nicolás Díaz

Hace uno días atrás me dirigí, con la ansiedad de un niño que va en busca de su juguete favorito, a una librería de un centro comercial de la quinta región. Andaba en busca de un ejemplar de Ramón Díaz Eterovic, el Conan Doyle de la novela policial chilena. 

Deseaba disfrutar del melancólico Heredia y de su asertivo gato Simenon así como el mundo anglosajón se deleita con las aventuras de extrovertido Sherlock Holmes. Después de una reyerta interna, los títulos elegidos fueron “la mística de la soledad” y “sólo en la oscuridad”. 

Todo iba bien hasta cuando llegue a la caja y de sopetón me azoró una cuenta que sobrepasaba los veinte mil pesos. Busqué la forma de escabullirme en algún descuento, sin embargo no había nada que pudiese restañar mis bolsillos. 

Si quería los libros tenía que pagar lo que la máquina cobradora espetaba. Lo hice – en tres cuotas precio contado – y sin mas que dar un bufido, me fui de la tienda. Acaba de gastar el 10% de un sueldo mínimo del país – mascullaba en mi mente mientras caminaba -. Visto de esa forma – creo que no hay otra – el precio es estratosférico e inalcanzable para gran parte de los mortales que componen el país. Algo inaceptable porque la palabra escrita es y será la base de la cultura, de la educación y de la movilidad social. Curiosamente, hace un año atrás, los azares me llevaron a la tierra de Sherlock Holmes donde el dinero chileno se achica de manera esperpéntica. 

Vi una librería y de forma circunspecta entré a la tienda vaticinando los peores augurios para mi trémula cuenta bancaria. No obstante me lleve una sorpresa mayor al mirar la impronta monetaria expresada en libras esterlinas de las obras expuestas en los anaqueles. Eran muy pocos los textos que sobrepasaban los siete mil pesos nacionales y por esa razón compré un par de volúmenes que a mis ojos parecieron interesantes. Conversando con la amable y culta vendedora, me enteré que en gran parte de Europa occidental las editoriales son subvencionadas por el Estado a modo de entregar a la gente la flor y nata de la cultura.

A veces no es necesario hacer grande estudios para darse cuenta de lo que hay que hacer y si bien hay prioridades coyunturales más perentorias, la verdad es que el bagaje cultural hace que un país tenga a seres pensantes, divergentes, con mayor capacidad crítica – suelo ser optimista y no quiero pensar, aunque a veces lo hago, en que nuestro Estado se oponga a tales avances -. No pretendo caer en las frías cifras, pero me permito citar dos fuentes a modo de refrescar la mente de los más escépticos.

Estudios de la UNESCO indican que el 84% de nuestros compatriotas son analfabetos culturales, es decir, no entienden lo que leen, mientras que el Centro Regional para el Fomento del Libro en América Latina y el Caribe señala que nuestra nación no tiene hábitos lectores y que relacionamos las obras escritas con lo académico y lo laboral. 

Datos que preocupan ya que muestran a un país poco ilustrado, que cae en el nihilismo iletrado. Este escenario difícilmente se puede revertir si no damos al populus las herramientas para cambiar aquella condición. En este sentido, una de las medidas a tomar seria subvencionar o eliminar, a la usanza de los países del primer mundo, los impuestos de los libros puesto que las obras escritas no pueden estar en el libre juego del mercado. 

Para finalizar no me queda más que decir que leí ambos títulos de Díaz Eterovic. El escritor magallánico entretiene con una pluma nostálgica mezclada con lo sagaz y lo ladino. Recomendable para todo público, sin embargo no apta para billeteras sensibles o para quienes no pueden ocupar en libros, los tres meses precio contado de sus tarjetas de crédito.






Por, Nicolás Díaz.
Licenciado en educación 
Profesor de Historia y geografía
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