Umberto Eco y la investigación académica - Por Mario Arteaga

El 19 de enero de este año 2016, en Milán, falleció Umberto Eco y en el mundo académico se lloró su partida. Los reconocimientos a su labor intelectual, felizmente, no escasearon y se hizo referencia justa y profusa a sus aportes como escritor, semiólogo, filósofo, crítico literario, académico, investigador y a su contribución como humanista contemporáneo.

Sus obras me permiten demostrar que al momento de su fallecimiento había conseguido hacer verdad una de sus reflexiones, aquella donde se refiere a que “todo artista o científico está profundamente interesado en la supervivencia de su trabajo después de su muerte. De otra forma serían idiotas”.

La mayoría recuerda a Eco por sus novelas, otros por sus aportes a la filosofía y algunos otros por su especial preocupación por la semiótica, pero ahora pretendo destacarlo por su aporte a una de las actividades humanas más complejas, como lo es la investigación científica y la formación de investigadores en particular. Ello lo consigue a través de una de sus publicaciones, tal vez la menos publicitada y por ello menos conocida, me refiero a su libro “Cómo se hace una tesis” en el cual nos transmite sus enseñanzas, casi como una herencia. 

El escenario académico nos da cuenta de los muchos esfuerzos que, día tras día, realizan quienes desean generar algún nuevo conocimiento o cumplir con los requerimientos finales que imponen los pregrados y postgrados. Son muchos quienes se encuentran en la situación descrita y lo hacen enfrentando temores, dudas en cuanto a qué investigar y, especialmente, la incertidumbre con respecto a cuáles serán los resultados del trabajo por emprender. Es precisamente en lo anterior donde las enseñanzas de Eco adquieren todo su valor, puesto que la experiencia en la aplicación de ellas contribuye a demostrar que sus consejos son válidos y permiten superan las dificultades y obstáculos que he mencionado. En ellas se descubre un potente mensaje de optimismo y de esperanza, que genera confianza, entusiasmo y motivación para descubrir algo nuevo y decir lo que otros no han dicho aún. Con profunda sabiduría, Umberto Eco transforma la angustia del investigador en “tensión positiva” y contribuye a superar los temores personales y a iniciar con rapidez el trabajo investigativo, transmitiendo, simultáneamente, un mensaje para vencer la vanidad y exaltar la modestia que debe caracterizar a quienes buscan saber más y se esfuerzan por entregar nuevos conocimientos.

El mensaje de Eco advierte que una investigación constituye un trabajo original, que debe “hacer avanzar la disciplina” con la cual se relaciona, sin importar que los descubrimientos sean modestos, pero cuidando que ellos sirvan en el futuro y que, idealmente, lleguen a ser indispensables para otros. También, llama a vencer la tendencia a la superficialidad e insta a practicar la “humildad científica” que, a su juicio, “no es una virtud de débiles sino que una virtud de personas orgullosas”.

El mundo ha llorado la partida de Umberto Eco y con justa razón. Lo merece. Se le ha conocido como investigador, pero no todos lo reconocen como formador de investigadores. Por eso, es justo destacar esa preocupación que ocupó algún tiempo en su vida y que puso a disposición de quienes anhelan entregar “algo nuevo” y provechoso, enseñanzas y consejos que les ayudarán a hacer su trabajo con gusto, entusiasmo y motivación. 

Sin duda, Eco ha conseguido “la supervivencia de su trabajo después de su muerte” y su nombre y enseñanzas se mantendrán vivas en el pensamiento de los investigadores y en todos aquellos que decidan explorar más profundamente su mensaje académico iluminados por eso de “humildad científica” que nos ha transmitido.






Por, PhD. Mario Arteaga Velásquez
Jefe de investigación y análisis
Centro de Estudios Estratégicos de la Academia de Guerra
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