Algunos apuntes sobre Jorge Teillier - Por Nicolás Díaz

Teillier creó su estilo, su habitar poético ligado a recuperar esa paraíso perdido, ese reino de oro que se suele llamar infancia

En general los chilenos somos críticos de nosotros mismos y como buenos hijos de pastores latinos, siempre vemos que el pasto del vecino es más verde que el nuestro. Si bien me imputo de caer en este deporte de autoflagelación nacional, hay algo con lo cual mi pecho se reboza de orgullo: nuestra poesía. Somos un país pletórico de letras, de escritores, de personas que han llenado las páginas blancas de la lírica nacional colmándolas de tinta que reflejan la esencia misma que implica la experiencia de vivir. Mario Góngora, el gran historiador nacional aceró que la identidad chilena está en la poesía y en el acto poético y que esta no nació de las universidades, sino que de las entrañas del pueblo.

Como lector, relator y aspirante a ensayista, esta particularidad me ha nutrido de la materia prima para henchirme de la palabra y de las verdades sustanciales y existenciales que sólo la lírica puede entregar. De esta manera y en esta búsqueda impajaritable de lenguaje fue que coincidí con don Jorge Teillier Sandoval, el poeta lárico y del “Far West”. 

Fue profesor de historia lo que lo llevo a entender los fenómenos de la cultura, sin embargo jamás quiso consagrase a esta disciplina porque prefirió vivir la prosa en desmedro del estudio del tiempo y espacio de los hombres. Desechó la idea de las aulas y se acodo en mesones de bares y con vaso en mano fue testigo de una bohemia cultural de la cual sólo quedan los recuerdos. Fue en esos lugares donde compartió con Rosamel del Valle, Teófilo Cid, Rolando Cárdenas, Eduardo Molina, el chico Molina, entre otros. 

Su inspiración fue la nostalgia entendida como el amor – casi pervertido – al tiempo momificado, mitificado y mistificado que produce, siguiendo el pensamiento de Giussepe Lampedusa, una alegría constante en la tristeza. 

Teillier creó su estilo, su habitar poético ligado a recuperar esa paraíso perdido, ese reino de oro que se suele llamar infancia. Por esa razón vemos en su obra la añoranza por recuperar objetos perdidos, al otoño secreto sentando frente al fuego, los rieles y durmientes del tren, a los colores del país de nunca jamás. En este sentido Teillier se aleja del urbanismo de Enrique Lihn, del taburete olímpico donde se sitúa Neruda y Huidobro y del coloquialismo – a veces desgastante – de Nicanor Parra. A su vez, el poeta lárico nos muestra la universalidad de su obra porque tal como el asevera en “Botella al Mar”, él escribe para la niña que nadie saca a bailar, para los hermanos que afrontan la borrachera y a quienes desdeñan los que se creen santos, profetas o poderosos. 

Con el afán de conocer al hombre detrás de la lírica e ir más allá de la investigaciones que mascullan sobre el poeta, me dirigí – hace un año justamente – a la ciudad oriunda de Teillier: Lautaro. Me bajé al inicio de la calle O’Higgins y con la parsimonia de quien pisa un terreno desconocido, observe con detalle los alrededores. Me senté en la plaza de armas y con grata sorpresa descubrí un mosaico del rostro del escritor lautarino. Caminé hacia un grupo de jóvenes, los saludé como kiltro amistoso y les comenté sobre el motivo de mi viaje. Me platicaron sobre la vida del poeta y el orgullo que sentían que tan magno escritor fuese de su tierra. Me indicaron además el lugar donde se encontraba su casa y la forma de cómo debía llegar. Di los pasos suficientes para alcanzar la calle Cornelio Saavedra – una paradoja que gran parte de las calles de la región del Bio Bio y de la Araucanía lleven ese nombre – y dar con el hogar que albergó a Teillier. La observo como quien contempla una obra de arte o un efímero arcoíris y pienso en el silencioso legado del poeta que renace ante mis ojos en esa grisácea y melancólica tarde de Julio. 

Al igual que los jóvenes de la plaza, al igual que mi relato en mi primer párrafo, siento un orgullo de haber nacido en tierra de poetas y escritores, de saber que a pesar de que para la mayoría de los connacionales son nombres desconocidos ahí están a la espera de ojos lectores que los hagan renacer y de mentes que quieran ir más allá de la verdad que les dicta su nariz.






Nicolás Díaz S.
Profesor de Historia y Geografía
Mg en Educación, Planificación y Evaluación
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