Los cruces de la vida y la amistad tras fronteras - Por Nicolás Díaz

Una columna dedicada a un amigo caraqueño y al pueblo venezolano.

“Su tono caribeño alegre no pierde su entonación al mascullar estas algentes palabras, pero yo puedo no homologar el título de la novela de Ramón Díaz Eterovic y no decir que Venezuela está triste”

Corría el año 2009 y yo gastaba mis días entre mis estudios de historia y mis viajes al interior de Chile con un par de monedas en los bolsillos como compañía. En mis audífonos sonaba Quilapayun y las hojas de vanguardia dictaban las palabras de Eduardo Galeano y sus Venas Abiertas de Latino América. Fue así cuando el destino disfrazado de azar me llevó por primera vez a San Pedro de Atacama, el oasis del desierto más árido del mundo. 

En ese lugar me nutrí de la cultura likan antai (atacameños) y aprendí a distinguir la melancólica granulación de colores que guarda aquel páramo. Sin embargo en las caminatas por el mundo no sólo se respira el paisaje, sino que también se siente el calor humano que entregan tanto los nativos como los nómades de turno. Digo esto porque de aquel periplo rescato el haber conocido a un gran amigo: Rommer Caballis. 

Recuerdo que en el mal llamado Valle de la Muerte – debió haber llevado el topónimo de Valle de Marte porque así lo bautizó Gustavo Le Paige – divisé una bandera venezolana que rodaba entre los aspirantes a campeones de sandboard. Aquel estandarte iba de manos de un joven de aquella nación, de tés morena, de mediana estatura y con una sonrisa que podía contagiar hasta el más receloso escéptico de la alegría. Al finalizar su distraído descenso, intercambiamos un par de palabras y eso nos bastó para saber que éramos perros de una misma camada, que poseíamos los mismos anteojos sociales y que ambos coincidentemente estudiábamos la misma carrera. Nos dimos nuestros respectivos contactos y de ahí en adelante hemos forjado una amistad que mantenemos hasta el día de hoy. He sido testigo de su crecimiento personal, de sus viajes, de su boda, del nacimiento de su hija y de su vida en general. Hemos hecho un trueque ideas, hemos platicado de fútbol, hemos compartido momentos abrazadores así como también momentos tensos y en este último periodo, contextos extremadamente álgidos. Y es en este último punto donde me quiero detener. 

Procedo a explicar. 

Hace un tiempo que mi amigo caraqueño viene sufriendo los avatares de los malos gobiernos y en una de nuestras tantas conversaciones le pregunto, homologando las palabras de Vargas Llosa en Conversación en la Catedral, ¿en qué momento se jodió Venezuela?. Mi interrogativa lo hace reflexionar y rasgar en el tejido profundo de la historia reciente del país caribeño. Me musita que las convulsiones políticas son una constante en su territorio, sin embargo recuerda con cariño esos días de infancia donde a pesar de las conjeturas de la contingencia (El Caracazo, por ejemplo), él podía vivir sin mayores contratiempos. No obstante, con el pasar de los años y con la lucidez que da el conocimiento, se percató que la Pequeña Venecia era un paraíso encerrado entre los fierros de las miradas ajenas al bien común del pueblo.

Esto es, un país donde el frío no existe, donde la vegetación es copiosa, donde la selva y las aguas turquesas del caribe enamoran al observador, pero donde también – para bien o para mal – abunda el petróleo, el también llamado oro negro o excremento del diablo. Me explica que esta sinonimia dicotómica se origina – en todo su esplendor – a partir de los intereses creados en la encrucijada económica por la hegemonía del crudo y que en cierta medida, durante el primer mandato de Hugo Chávez, se intentó encauzar creando políticas públicas y subsidiarias. Sin embargo en el segundo periodo del fallecido mandamás, el tono ideológico se acentúo y la idea de crear un país democrático basado en la exportación de petróleo – entre otras cosas – fue cediendo en función de la polarización y división nacional llegando a su punto más crítico en el actual gobierno de Nicolás Maduro. 

Me cuenta que el dinero venezolano (el bolívar) para poco o nada sirve, que a pesar que el trabaja en 3 lugares diferentes, al final del día la frágil operación entre la suma y resta queda con tinta roja. Me dice además que su familia se está viendo forzada a emigrar rumbo a Colombia puesto que la situación de contingencia nacional ya no da para más y que él, probablemente, siga esas mismas sendas y no descarta que Chile sea su nueva morada. 

Su tono caribeño alegre no pierde su entonación al mascullar estas algentes palabras, pero yo puedo no homologar el título de la novela de Ramón Díaz Eterovic y no decir que Venezuela está triste. Largas colas para abastecerse de enseres básicos, niños que desertan del sistema escolar, un Estado sin autonomía de poderes, unas Fuerzas Armadas cargadas a la política y una presidencia que no toma conciencia del pesar del pueblo venezolano me hacen caer en la analogía literaria antes citada. 

¿Es justo que este país que vio nacer a Simón Bolívar tenga que sufrir esta coyuntura? ¿Es justo que uno de los países más ricos en petróleo no pueda alcanzar un grado de estabilidad social, económica y política? ¿Es justo que mi amigo – que representa en este caso la cara de Venezuela – tenga que castrar su vida y tener como glaucoma la incertidumbre de no saber que sucederá en su patria? 

Muchos son los llamados, pero pocos son los elegidos – así manda el principio bíblico – y querámoslo o no el Señor Nicolás Maduro fue el elegido para llevar las riendas de Venezuela, pero lejos de responder estas preguntas o vislumbrar una posible salida, éste se escuda tras las fuerzas armadas venezolanas y no hace más que elucubrar sesgos oratorios adornados con satíricas frases que ciertamente ofenden a los receptores que poseen neuronas con conciencia social. Tanto el discurso como la práctica política no calzan con la talla de Maduro que lejos de ser un heredero de Bolívar, se postula como uno de los peores presidentes americanos al no reflexionar sobre el verdadero estado del pueblo de la otrora Gran Colombia. 

Mi optimismo a prueba de todo me hace cavilar que algo puede pasar y que en unos años más podré decir que esa Venezuela que agonizaba, goza de buena salud. Mientras tanto recapitulo aquel viaje a San Pedro de Atacama, en las hojas que pasaban por mis ojos, en la bandera de la nación de Bolívar, en la sonrisa de mi amigo y no dejo de pensar que las venas de mi continente aún no suturan. En este momento mi obligación como amigo es estar, aunque sea en la distancia, apoyando a Rommer y a su familia, sin embargo mi obligación como sujeto crítico me llama a difundir y a decir que hay un pueblo hermano que no lo está pasando bien y que como americanos, hijos de una historia en común, no podemos hacer vista gorda y quedar indiferentes ante lo que sucede con Venezuela. 

Vaya mi cariño y mi solidaridad contigo pana de este amigo chileno.





Nicolás Díaz S.
Profesor de Historia y Geografía
Mg en Educación, Planificación y Evaluación
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