¿Cuán naturales son las catástrofes "naturales"? - Por Patricio Segura

En un viaje por Chile, de extremo a extremo, es posible percibir la forma en que –en promedio como grupo nacional- nos relacionamos con la naturaleza. Con los ecosistemas. El sentido común subyacente a la vida, que transcurre entre incertidumbres e incertezas, hoy más aún producto de los cambios climáticos que secan el norte, centro y sur, y lanzan aguaceros en épocas en que debieran escasear.

Lo ecosistémico, lo socioambiental, no es el fuerte del chileno. Por lo menos del chileno medio, el que vive en las ciudades y considera que la normalidad se sustenta en la artificialización de todo, del plástico y lo desechable, que tan bien nos venden los medios de comunicación y, particularmente, la TV.

Frases como “el agua se pierde en el mar”, que “las áreas silvestres protegidas son territorio desaprovechado” o que “el agua del mar es un recurso inagotable” suenan en el día a día, como un exitoso ejemplo de colonización productivista de la mano del “me da lo mismo quien sea electo total mañana debo trabajar igual”. O del “si tengo plata, ¿por qué no podría comprar lo que quiera?”. A nadie escandalizan, cuando debieran ser objeto de cuestionamientos si tuviéramos real conciencia del daño que se inflinge al pensar así.

Los aluviones de los últimos días algo de ello representan. Uno puede responsabilizar a la mala suerte o la furia divina, pero lo cierto es que algo de causa debe haber en la intervención que el ser humano como especie o los chilenos como pueblo hemos hecho con los territorios.

El origen de lluvias torrenciales en épocas y sectores en que no debieran ocurrir puede buscarse en el cambio climático. Así como la erosión de cuencas que históricamente han sido cauces naturales para evacuaciones que por milenios se han producido desde las cordilleras. Talamos las cordilleras y luego nos preguntamos por qué los cerros se vienen abajo. Quemamos los bosques y no sabemos por qué después se embancan los ríos.

El Sirex noctilio, la avispa taladora de la madera que afecta las plantaciones de pino, hoy ya se apunta como posible causante (a través de la acción del hombre) de los incendios forestales de este caluroso y quemante verano. La idea, hacer “tala rasa” de la forma más fácil y ¿barata? posible ante un problema sanitario.

A pesar de los avances tecnológicos que hemos impulsado, hay un tipo de inteligencia que ha quedado en algún recodo de la ruta. Está presente, pero no aparece con la suficiente fuerza y masividad como sí lo hacen la innovación en pro del individualismo, la competencia, la monetariedad. Es entender la naturaleza para aprender de sus ciclos, no para doblegarla. No para dominarla ni enseñorearnos sobre ella como mandata algún capítulo de la Biblia.

El mejor ejemplo es el cambio climático. Porque la señal que nos está dando el planeta con el calentamiento global no se restringe exclusivamente a emitir menos CO2, metano u otros gases de efecto invernadero. Además de aquello, y más de fondo, nos está diciendo que como especie hemos hecho las cosas muy mal en nuestra relación con nuestra propia especie (en términos actuales y futuros), y con las otras. Mal que mal, estamos a poco tiempo de ser responsables de la extinción de dos tercios de la biodiversidad del planeta.

Si no hemos comprendido aquello, lo cierto es que no habremos entendido nada y cualquier alternativa de solución que demos a la transformación climática global será más de lo mismo, con otro nombre eso sí. Nuclear, represas, intervenciones a gran escala, en la continuación de esa verdadera estafa piramidal planetaria en que se han convertido los modelos de desarrollo industrial.

Que las catástrofes “naturales” que hemos vivido en las últimas semanas nos dejen algo más que muertes, heridos y pérdidas materiales. Que sean enseñanza para comenzar a cambiar de mentalidad.





Por, Patricio Segura.
Periodista
Presidente Corporación para el Desarrollo de Aysén.
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