Mis 20 años me dan la razón: no estamos enfermas


            Nací escuchando aquel discurso de odio que era vociferado por los adultos y repetido como un parlante gigante por los niños y niñas. Nací en 1997, año en el que aún el Estado perseguía a una parte de la población que era disidente al modelo tradicional de amor.
“Son los homosexuales los que andan pegando el SIDA”, “el culo está hecho para ir al baño, no para que te metan el pene”, el amor tiene como único fin la procreación”, son solo algunas de las frases que tuve que escuchar desde que comencé a tener ciertas conductas que se escapaban de aquel prototipo masculino que la sociedad me había establecido mucho antes que yo naciera. A veces me encerraba en el baño a llorar: era un desviado, iba a pasar toda mi vida condenado a la marginalidad social, no podría ser feliz nunca y eso me carcomía día a día. No quería que mi familia me dejara de hablar, quería seguir jugando con mis amigos y amigas de mi población, me gustaba ir al colegio y poder pasar el recreo con mis compañera/os, pero no sabía cómo decirle al mundo que yo era parte de ese grupo de personas que ellos aborrecían con discursos llenos de violencia y odio.
Tuve que pasar toda mi infancia yendo al psicólogo y psiquiatra para tratar de buscar una fórmula mágica que me permitiera poder enderezar mi tronco, mis gustos. Traté por años que me gustara una mujer, pero no lograba siquiera retenerla en mis pensamientos más allá de unos segundos. En cambio, cuando se atravesaba un chico que llamara mi atención, mi cuerpo y mi mente trabajaban a la par para poder enfocar todos mis sentidos a hacía él. Recuerdo cuando era momento de hacer educación física y mi vista, sin que nadie lo notara, se dirigía a los cuerpos de los varones, pero trataba tercamente de infringirme dolor pensando en lo qué diría mi círculo cercano si llegasen a saber mi condición de vida.
Han pasado 4 años desde que me atreví a salir de ese closet oscuro, húmedo y frío al cual yo no quise entrar nunca. Hoy puedo levantarme, mirarme al espejo y ser yo, sin tapujos, sin miedo, sin ningún cuestionamiento a la forma en que nací. Pero no saben lo feliz que me sentiría si todo lo que sé, con respecto a mi sexualidad y mi condición de vida, lo hubiera aprendido en casa, en el colegio, con mis amigos, con mis compañeros, con mi familia. Tuve que pasar miedo, vergüenza, días enteros revolcándome en mi cama, no queriendo salir porque me odiaba, me daba asco. ¿Saben lo qué siente un niño de 15 años LGTTTBI en pleno despertar sexual, con todas las dudas e inquietudes que surgen en esa etapa de la vida, sin poder hablarlo con nadie porque la sociedad y las instituciones se han encargado de decirle que lo que siente por esencia esta malo?, ¿saben cómo podría ser el desarrollo de un niño trans en el Chile actual?, ¿saben lo qué debe pensar un chico o chica que no se siente cómodo/a en su cuerpo al saber que la sociedad piensa que él o ella padece de una enfermedad mental?.

Mis 20 años me dan la razón: no estamos enfermas, ni sufrimos de algún trastorno mental. No queremos competir para que nos concedan un lugar en la sociedad hetero-normativa, ese no es nuestro objetivo a alcanzar. Queremos que se nos respete, que se nos trate de la misma manera que a los heterosexuales en materia de derechos y deberes. Hemos estado por años en la lucha, en la calle, protestando, gritando que en Chile cabemos todas, todos y todes. Nos han golpeado, nos violentan aún en pleno 2017, somos centro recurrente de burlas, de ataques. No quiero que se nos mate más por ser diferentes.
Recuerdo aún cuando veía la tele, un día caluroso de marzo, e interrumpían las transmisiones porque habían encontrado el cuerpo sin vida de un joven veinteañero en el Parque San Borja. Al poco andar, se confirmaba el motivo de su asesinato: crimen homofóbico decían los titulares. Creo que fue uno de los peores días que he tenido en mi vida. Todos y todas éramos cómplices pasivos de aquel deleznable acto de violencia. Pude haber sido yo al que, en esa tibia noche de 2012, le lanzaran una piedra de seis kilos en el pecho, rompiéndome las costillas y hacer que estas me perforasen mis órganos, pudo haber sido mi mejor amigo al que le quebraran las piernas y le gritaran: “lacra, maricón, ensucias mi patria” o a mi pareja al que le rajaran la piel con golletes de botellas y en tanto en la espalda como en el estomago le dibujaran ESVÁSTICAS.  
Somos personas y merecemos que se nos respete, que se nos valore por nuestras acciones con los demás y nuestra contribución a la sociedad. Debemos luchar por una sociedad más justa, igualitaria y con robustos pilares democráticos. Debemos respetar todas las visiones que se tengan del mundo, pero la tolerancia debe ser intolerante con discursos de odio, frases que inciten a la violencia y que signifiquen un retroceso en materia de derechos humanos.

Hoy, y después de décadas de lucha y resistencia por parte de las y los diversos,  la máxima autoridad de nuestro país ha dado un paso histórico en materia de visibilidad, reconocimiento y reparación a la comunidad que nos identificamos con el arcoíris de múltiples colores. Por primera vez en la historia republicana de nuestro país, una presidenta firma un proyecto de ley que permite que toda persona, sin importar orientación sexual, pueda casarse ante el Estado, estableciendo, así, que la institución no solo es entre un hombre y una mujer, sino también entre dos hombres o dos mujeres. ¿Por qué saben qué?, la base del matrimonio nunca será la procreación como lo dice  Sebastián Piñera, su única base es el amor que une a dos personas. Con la aprobación de este proyecto podremos criar, ser padres o madres, reconociendo, de esta manera, las diversas formas de familia que, a lo largo de la historia de la humanidad, han existido. No haré una defensa corporativa a Bachelet, yo tengo mi punto de vista de este gobierno, ustedes tendrán el suyo, pero es innegable los avances que hemos logrado como sociedad en estos últimos cuatro años.
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