Un, dos, tres por todas las compañeras

Enrique Soto Guerrero 
Antes de comenzar a leer deben saber que soy hombre, por ende, tengo sesgos y jamás podré comprender en su totalidad o vivir en carne propia las injusticias y violencia sistemática hacia ustedes: las mujeres. Pero tengo una familia compuesta plenamente por mujeres que me criaron, me dieron amor, comida y me inculcaron valores y principios que, si bien en muchos momentos gatillaron discusiones, me prepararon para enfrentar mi vida adulta.
Como sé que la función de la mujer no es exclusivamente criar, formar y educar personas, creo que cometería un acto de violencia comenzar solo con un párrafo que enaltece la tarea que por siglos se les ha asignado a ellas, sin reconocer otras formas de vida que, legítimamente, pueden llevar las mujeres sin la necesidad de ser madres o incubadoras de reproducción social.
La violencia hacia las mujeres, sin duda alguna, traspasa toda condición social, económica, de credo, e incluso, cultural, pero hay que reconocer que la violencia que estas sufren día tras día tiene cara de pobre, de niña, de adolescente, de mujer proleta. Las cifras, muy limitadas por lo demás, entregadas por los organismos correspondientes, señalan que las mujeres de bajos recursos son las más vulneradas (deje de decir vulnerables, como si la vulnerabilidad viniera desde el nacimiento).
La sociedad chilena posee altos niveles institucionales de violencia contra las mujeres: la familia como núcleo rector de la sociedad, según muchos, posee jerarquía y codificaciones para ambos sexos, pero son las mujeres las que deben someterse a la autoridad del macho, del pene. Criar a los niños, preocuparse de los quehaceres del hogar, prestar su cuerpo para satisfacer las necesidades del hombre y cumplir con las normas de femineidad que debe poseer son solo algunos aspectos a las que estas deben subordinarse y de esta forma relegándolas de la vida pública. Tampoco se reconoce a aquellas mujeres que asumen las tareas de la casa como trabajo, amparando la explotación y la invisibilización de la enorme contribución que realizan en la sociedad.
Hace pocos años las mujeres comenzaban a salir de la casa y emprendían una revolución que comenzaría a incomodar a gran parte de la sociedad de la época: trabajar en labores que por largo tiempo fueron consideradas solo para hombres. Desde vendedoras ambulantes, trabajadoras de la construcción, mecánicas o hasta gasfíter. A pesar de la llegada de las mujeres a la vida pública y de los cambios que se han ido originando en las relaciones laborales, las brechas salariales siguen siendo abismantes: perciben un 33% menos de ingresos que nosotros los hombres.
Cuando era pequeño naturalizaba prácticas que se me eran inculcadas en las dos instituciones que trabajan como pilares robustos del sistema patriarcal: la familia y la escuela. “No llores como niñita” “compórtate como hombre” “las mujeres son buenas para las letras, los hombres somos buenos para los números y la ciencia”, eran solo algunas de las frases que tuve que escuchar desde mi niñez. El sistema es perverso con las compañeras, las bombardea con sus elementos patriarcales y misóginos que desde muy temprano las moldea y siembra en ellas temor, la naturalización de su inferioridad ante los hombres y la imposición de estereotipos a cumplir. Recuerdo aquellas conversaciones cuando cursaba la enseñanza media que eran típicas de nosotros los hombres: codificábamos a nuestras compañeras, hermanas, mamás, e incluso, hasta nuestras pololas. En los carretes eran comunes las apuestas del quién se comía más minas o cuántas podíamos “tirarnos” para así ganar la reputación entre nuestro círculo. Cuando no te llegaban a pescar, era fundada la critica violenta hacía ellas: “se hace la santa, pero es entera puta, es maraca”. Hasta ese entonces no comprendía la magnitud de mis actos y los de mis compañeros. Estábamos, consciente o inconscientemente, siendo cómplices pasivos de la opresión a la que eran sometidas las mujeres.    
Recuerdo cuando era pequeño y mi mamá se preocupaba cada vez que llegaba el fin de semana: mi hermana saldría y se sometería al mundo dominado por los machos. “Con quién vas a salir” “no tomes nada que te den” “desconfía de los hombres” le escuchaba decir a mi mamá en reiteradas oportunidades. Cuando comencé a carretear comprendí muchas cosas del sistema, había dejado de ser niño y mi inocencia llegaba a su fin. Por ejemplo, el que a las mujeres se les deje entrar “gratis” a las discos no es por casualidad, ni mucho menos responde a la apertura en igualdad de condiciones para estas. Su finalidad es atraer a los hombres con dinero, se ve a las mujeres como envases, como meros objetos sexuales que deben ser llenados.
He vivido con 8 mujeres toda mi vida y sé que cuando andan enojadas, molestas o de mal humor no es porque anden con la regla o porque no le tocó la noche anterior. El clasificar o vincular la acción de las mujeres es sumamente violento, lleno de odio y responde al asesinato de conductas o sentimientos que se escapan del marco masculino. Cuando andan felices no es necesariamente porque tuvieron sexo recientemente, ellas pueden serlo sin necesidad de poseer un pene o un macho que gatille su felicidad.
Soy cola, pero sigo siendo, para este sistema, superior a las mujeres porque tengo entre mis piernas un genital que se vincula a esta sociedad falocéntrica. Mi pene me da posibilidad de caminar en la noche sin la necesidad de poseer miedo a ser violado, a recibir violencia discursiva como lo son los llamados “piropos”. Mi pene me da la posibilidad de llegar a mi casa sin necesidad de llamar a mi amiga para decirle que estoy bien, que llegué sin novedad. Mi pene me da la posibilidad de tocarles un seno o una nalga a las mujeres solo con la escusa de su “provocativa” forma de vestirse. Mi pene me otorga inmediatamente mayor sabiduría que las personas que poseen una vagina.
Nuestro país, como siempre en todo lo relacionado con DD.HH., esta atrasadísimo y esto es reflejado sideralmente en las instituciones. Por ejemplo, la ley 20.480 que es la que crea el delito de femicidio en nuestro país, data recién del año 2010 cuando se modificó la ley 20.066 de violencia intrafamiliar. Ambas leyes no han estado a la altura de nuestra realidad: la no incorporación de las mujeres trans, la invisibilización de la violencia en el pololeo, la  no penalización del acoso callejero, la despreocupación hacía las instituciones reproductoras del sistema patriarcal han dejado en cierta medida obsoletos ciertos artículos e incisos de ambas leyes.
Al 28 de agosto llevamos 27 femicidios cometidos y 66 intentos. Todo pareciera apuntar que vamos a superar (sí, como una meta que nadie espera y todos condenan, pero que solo un puñado se levantan para no cumplirla) los 34 femicidios cometidos en 2016. Mismo año en donde de norte a sur nos paralizamos con la muerte de la pequeña Florencia Aguirre, asesinada en la comuna de Coyhaique, con solo 9 años de edad. Su PADRASTRO Cristián Soto la asfixió con una bolsa, la puso en un basurero y la quemó cuando aún estaba viva, para luego enterrarla. El patriarcado tiene hijos en todas las edades, fue el caso de Carlos delgado quien a sus 69 años dio muerte a su esposa Magaly Carriel (63) mujer postrada y a la que Carlos le quitó la vida degollándola.
Para la mantención del sistema, este debe ser internacional, es por esto que debe tener raíces en todos los países. América Latina tiene una larga historia de violencia hacía las mujeres. La colombiana Juliana Acevedo había llegado a Chile en búsqueda de mejores oportunidades, sueño que el peruano Edwin Vásquez se encargó de impedírselo, descuartizándola y tirando sus partes en bolsas de nylon al Río Mapocho. Tenía 21 años.  
Hoy las mujeres se levantan en contra del sistema patriarcal, de la violencia e injusticias que les genera este y que termina, en muchos casos, con la vida de sus estas. Han levantado como bandera de lucha el feminismo (que no es el machismo femenino, deje de quedar como ignorante y lea). Se unen en la sororidad como eje central en su justa reivindicación por derechos que históricamente nosotros los hombres nos hemos encargado de arrebatárselos. El cambio cultural debe ser urgente, como lo dice la ministra del Sernameg, Claudia Pascual. Debe ser engendrado desde abajo y es sumamente imperante que el feminismo trascienda las esferas academicistas y llegue a las instituciones reproductoras del sistema. Hay que intervenir la familia, la escuela, hay que generar políticas públicas de prevención, educación, acompañamiento y sancionatorias.
No queremos más muertas, no queremos que sigan violentando a las mujeres por vivir su vida como les plazca. No quiero que un día conteste el teléfono y me digan que mi hermana o mamá han sido asesinadas por un sujeto que quiso hacerlo amparado y motivado por este sistema perverso, asqueroso, deleznable y repudiable. No quiero verlas como objetos, quiero verlas como ellas quieren ser. Como les dé la gana.   
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